18 sept. 2015

Tu sonrisa no tiene precio, pero si lo tuviera, invitaría yo

Qué increíble como te cambian algunas personas. Increíble a la par que dramático. Pero es genial. Es genial notar que hay algo vivo, cómo los días tienen ese matiz tan simpático... Las sonrisas salen solas, como respirar. Y no sabes a quién o qué echarle la culpa. Simplemente es felicidad, estar a gusto, confianza. Es real. Y está aquí. Tuve los ojos cerrados tanto tiempo... Pero aquí estamos, con el pijama puesto y una lista aleatoria que he encontrado en la pestaña Explora de Spotify. No sé ni qué suena, por primera vez.
A veces agradezco volver a sentirme como una niña, por la ilusión infinita, la sensación de que todo va a salir bien, que todo es perfecto y que no existe ni el hambre ni las guerras ni los números rojos en las cuentas. Es como si al hablarme, se eliminaran todos mis pensamientos, y al tocarme se encendieran todos los sensores de mi cuerpo, todas mis neuronas transmitiendo impulsos nerviosos como locas. Sinapsis. Mucha sinapsis. Casi noto toda esa energía recorrer mi cuerpo. Y es que cuando estoy sola, es como si no lo estuviera porque son esas palabras, esos recuerdos, ese guiño al pasado y al futuro, las ganas, los sueños... He descubierto lo que me gusta. El éxtasis seguido del Trance. Meditar y correr. Las duchas de noche y las sábanas fresquitas. El horror de una casa pero el calor de un hogar.
Y las buenas noches.

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