Nos encanta ser rebeldes. Lo prohibido se convierte en excitante, y da igual que sea una chorrada, es divertido, descarga de adrenalina. Esas mariposillas de nervios cuando sabes que no deberías estar haciendo algo pero aún así sigues haciéndolo. Y luego la bronca de los padres. Y el castigo. Pero cuando te levanten el castigo estarás de nuevo en la calle jugando a lo prohibido. Es inevitable.

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