27 jul. 2013

Comedown Machine

Silencios que, aunque podrían parecer incómodos, no lo son. Al menos no a mis ojos (u oídos). Siento que las horas pasan pero se me hacen minutos, pero aún así se alargan. La tarde se eterniza. Pero mejor, puedo disfrutar. Y disfruto. Pero entonces algo me frena. Una mirada.

A las personas les cambia la cara en determinados momentos. Hoy fue uno de esos. Un cambio expresivo al completo, que pude disfrutar con todo lujo de detalles aunque sólo se produjera en un mero instante. Y entonces esa mirada. Esa mirada que tanto he llegado a odiar. Sus ojos taladrando los míos, haciendo un terrible boquete en cada uno de ellos, ahondando hacia mi cerebro, destruyendo todo a su paso. Derritiendo con aparente dulzura la prudencia y matando a sangre fría los malos recuerdos y las indecisiones. Una mirada que se ríe; él se ríe cruelmente creyendo saber cuál va a ser el próximo paso, seguro de que lo va a controlar todo, que no hay nada que yo pueda hacer para evitarlo.

Ya me miraron una vez así, hace ya un tiempo. Y recuerdo lo que sentí aquella vez: miedo. Tenía miedo de esos ojos, que parecían desearme al mismo tiempo que parecían querer ahorcarme. Y sí, acabaron ahorcándome (no en sentido literal). Y todo acabó por los suelos, y yo, echa pizcos. 

Y ahora, otra vez la misma mirada. Yo soy otra, él es otro, es otro momento, es otro rollo. Pero es la misma mirada. Pero ahora no me dejaré llevar. Precaución es la palabra que apareció entre tanto alboroto cuando esa mirada volvió a aparecer.
Esta vez no. Esta vez voy a ganar yo.

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