2 jul. 2012

Leave it all down here

Te sentaste frente a mí y me miraste a los ojos como solo tú sabes hacer. Esa mirada con la que no miras a nadie, con la que conviertes cualquier momento en algo íntimo.
Pero aquel día esa mirada venía cargada de preocupación, preguntas sin responder. Y no fue hasta que entreabriste los labios para empezar a hablarme cuando supe por qué te habías sentado justo enfrente de mí y no al lado como solías hacer, por qué me mirabas así y por qué retorcías tus manos de manera inquieta, tensa. Fue justo en ese instante cuando sentí que el corazón empequeñecía, asustado, y mis pulmones, vacíos, trataban de inspirar aire pero una garganta casi literalmente cerrada por un nudo se los impedía. No pude hacer otra cosa que agarrarme con las manos al borde de la silla para evitar caerme y cerrar los párpados para intentar que todo el momento se borrase. Pero tus ojos estaban grabados en mi retina y tu voz seguía llegando a mis oídos, utilizando palabras que jamás quise oír de tu boca.
Y tu olor; ese olor que tanto había disfrutado las noches en que no estabas pero seguía impregnado en la almohada. Ese mismo olor que solía provocar una ligera parálisis cerebral que me impedía pensar se convirtió en un olor nauseabundo, que comenzó a espesar el ambiente, volviéndolo irrespirable.
Incrementaban mis ganas de salir corriendo con cada frase pero no podía moverme, respirar se había convertido en todo un reto.
De repente, sin previo aviso, dejaste de hablar. Me decidí a abrir los ojos y allí seguías, delante mía, con las manos entrelazadas y mirándome fijamente. Tu mirada había cambiado. Ahora pedías perdón. Y antes de que esa disculpa saliera por tus labios me levanté y me fui. No necesitaba oír nada más. No quedaba nada más que decir. Ni siquiera un adiós.

1 comentario:

  1. Aunque ahora lo que diga pueda parecer una tonteria, por lo menos te lo dijo, tienes un motivo, una razón. Yo no tengo nada, no se porque cambio...

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